Pertenezco a ese tropel que se deja enseñar por los antiguos. Maestros que en muchas ocasiones no pisaron una escuela, pero que aguardan en su lomo una embocadura de sabiduría que maduró durante décadas, dejándose madurar por el tiempo como los buenos vinos.
Más que cazadores, eran víctimas de la caza, ese tipo de caza que permitía llevarte un trozo de carne a la boca y que aportaba unos nutrientes que permitían el desarrollo de las familias. Eran depredadores naturales que conocían las artimañas de la caza mejor que a sí mismos, observando y no dejándose observar, escuchando y no dejándose escuchar.
Sujetos que veían a las rapaces como arpías y a los linces como el mayor de sus enemigos. Cazadores que no sabían de cotos privados ni de vedas, sabían que había una caza, la que practicaban los señoritos y la otra, la que practicaban los demás…
Leyendo a D. Miguel F. Soler en su artículo “Errores comunes cazando perdices al salto”, deja caer pulcramente que el peor enemigo que puede tener la perdiz es el cazador, ese que tanto las cuida y las mima, que las da de comer rico grano y se preocupa de que siempre tengan agua limpia y sin parásitos.
Ese que se empeña en tirarlas cada vez más lejos y en trabajarlas menos, en cerrar chokes y en probar suerte. Sepamos trabajar la caza como sabían los antiguos, tiremos de pata y cuando nos hayamos ganado al animal con nuestro esfuerzo, entonces, ejecutemos.
Acertado está el autor cuando dice que muchas de esas perdices lejanas morirán sin ser cobradas… Dejemos, una vez más, cumplir a los animales, aunque muchos no lo crean, es un punto a tener en cuenta dentro de la gestión.
Fuente fotográfica: Google

Zagal, tienes la sabiduría de un zorro. Da gusto oírte!! El futuro de la caza está asegurado con muchos como tú. Divulga, divulga!!!!
Muy bonito artículo!